Ruta Pastoral del CUI: La fiesta de La Tirana y cómo se vivió el baile por dentro.

By 7 Agosto, 2018General

A la fiesta de La Tirana que honra a la Virgen del Carmen fueron convocados diez voluntarios del Centro Universitario Ignaciano. Los jóvenes fueron recibidos por una familia que les enseñó la tradición detrás de la devoción y cómo se organizan durante meses para bailarle a la figura femenina, también conocida como la Chinita.

Por Carmen Sepúlveda

La Tirana es una pequeña población del norte grande chileno que para muchos extranjeros no tiene otro atractivo que el desierto; los salares; las poblaciones abandonadas; las tierras salitrosas; las carreteras interminables, las quebradas vertiginosas, como las de la mina Cerro Colorado, y el recuerdo de las oficinas salitreras inglesas, como la fantasmal Humberstone. Eso, más unos cielos de un violento color azul. Y la soledad, el sol y el frío de noche. Es hermoso. Pero es mucho más que eso. En julio la máxima atracción es el santuario de la Virgen del Carmen y su iglesia construida bien avanzada el siglo XIX, que cada año recibe las ofrendas de miles de personas y convierte a la localidad de Pozo Almonte en una destino donde se ven  casas adornadas con guirnaldas de papel y cintas puestas de techo a techo.

Es la fiesta de La Tirana, el carnaval de Chile, que además este 2018 pasó la prueba de la iglesia, esa que tiene en crisis a sus autoridades, pero que aquí casi no se notó. Las personas llegaron igual. De 800 habitantes, el pueblo se convirtió en un poblado de más de 100 mil que rezaron, se confesaron, entregaron su compromiso con la trinidad y también aprendieron de los bailes que las comunidades nortinas le dedican a la Carmela.

Bailes, rezos y cantos monótonos fueron el día a día de las semanas antes del 16 de julio. Fue esta postal de devoción y colores que recibió a siete voluntarios del Centro Universitario Ignaciano (CUI) de la Universidad Alberto Hurtado, a Verónica Cox, Coordinadora del Área Espiritual del CUI, a Blas Cabas,  estudiante jesuita de Teología de la Pontificia Universidad Católica de Chile también parte del equipo y a Luis Henríquez, académico del curso Muralismo. Arte Urbano y Socialmuralista” de la Universidad Alberto Hurtado y académico del CUI, con su ramo “Teología y Arte”.

El grupo de alumnos eran de carreras diversas como psicología, educación básica, ingeniería  comercial, administración pública, gestión de información, bibliotecología y archivística y  derecho. Todos llegaron a tierra desértica a compartir con Los Gitanos Peregrinos del Tamarugal, una familia de Arica, que cumplió 35 años bailándole a la virgen. Este clan que mezcla abuelos, nietos, sobrinos e hijos recibieron a los jóvenes con las manos abiertas para mostrarles desde adentro la experiencia humana de la tradición y el propósito que les mueve ensayar durante todo el año para estar en la fiesta de La Tirana.

 

  Verónica Cox , coordinadora del área de Formación y  Espiritualidad del CUI, contó que esta participación nació por los estudiantes de la UAH, motivados por vivir la experiencia no como un tour,  sino más bien espiritualmente, y este interés se sumó a la gestión de SJ Juan Diego Galaz, jesuita, ex director del CUI, quien generó la posibilidad de conocer por cómo las familias se organizan para estar en el altiplano todos los años.

La Ruta de la Tirana rescata el peso formativo, la religiosidad popular y lo social comunitario en la pedagogía universitaria. “Es el segundo año que vinimos con el objetivo de que los estudiantes aprendan a reconocer un trabajo comunitario único en nuestro país que une todos los valores de nuestra unidad”, dice Verónica Cox.

Los estudiantes ayudaron en cada una de las actividades familiares y asistieron a más de treinta personas durante los bailes, los cantos al alba y en lo cotidiano de la vida en un camping entregado por el arzobispado.

Jhoanna Alfaro, la jefa o también conocida como “caporala” o la cabeza familiar de Los Gitanos Peregrinos del Tamarugal, explicó que la convivencia con los alumnos de la Universidad fue muy  grata y amable. A ellos les explicaron que los bailes nacen de divisiones de otras danzas, que el nombre del grupo es de fantasía, no es que ellos sean gitanos.

 

Jhoanna quien ha vivido este viaje por más de treinta años, rescata la manera de vivir en comunidad y lo bonito que muchos de sus sobrinos defiendan su tradición y hasta renuncian a sus trabajos en caso de que sus jefes no los comprendan. “Nosotros somos fieles a la virgen, estar acá es nuestra manera de decirles gracias por todo lo que hemos pasado durante el año. ¿Por qué le bailan a la Vírgen?: “Bailarle es una manera de llegar a ella y a Jesús a través de su madre”.

Las danzas de La Tirana que suman orquesta, trajes vistosos y un sinfín de detallitos  como tocados de plumas, cintillos y el uso de lanzas para marcar el compás de la música son un espectáculo maravilloso y que por mucho tiempo la iglesia las  consideró paganas. Jhoanna cuenta que esa relación ha cambiado, “por fin, nos reconocieron y hasta nos entregaron un terreno en comodato para instalarnos. En ese sentido fueron los jesuitas lo mejor que nos pudo pasar a los bailes de La Tirana en Arica porque nos organizaron”.

 

Angelina Godoy, hija de Jhoanna, contó que bailar para ella es estar en paz. Lo señaló mientras los niños trenzaban unas cintas de colores para decorar los techos y mientras también el grupo de jóvenes de la UAH seguían las instrucciones de Luis Henríquez, Mico, el profesor de arte  que les motivó a pintar un bello mural en el portón del terreno.

Maria José Avila, de tercer año de psicología de la Universidad Alberto Hurtado contó que la experiencia es un regalo y que fue muy generoso que esta familia los recibieran de forma tan generosa.  En tanto, para Ignacia Osses, lo más impactante fue la forma cómo se expresa la creencia: “Es libre, artística y desde el sentir más profundo del ser humano que tiene fe”, comenta.

Mico, la firma de Luis Henríquez, contó que el mural quiso dejar un testimonio de la visita y es un obsequio por los 35 años de historia que celebra esta comunidad. “Quisimos destacar la cruz luminosa, el pandero, la pañoleta y la figura femenina que es muy importante porque es la madre de Dios”, señaló. Para él, esta colaboración ha sido de servicio y aprendizaje: “Son personas humildes, de fe, hemos conocido cómo reparan sus trajes que es un trabajo de artesanía lento y lo hacen ellos mismos, es muy gratificante ver el esfuerzo y palpar el sentido pastoral que hay detrás”, comenta.

 

La noche de la víspera de la celebración del 16 de julio se iluminó con las luces de las diabladas y los bombos y tambores. Las personas se reunieron en balcones adyacentes, la comunidad de Los Gitanos Peregrinos del Tamarugal bailaban mientras un oso les interrumpía el paso. Lo sagrado de los trajes se respetó en cada segundo, tanto como los tiempos de la vigilia, que sumó misa y la bienvenida de las 12 de la noche cuando se dispararon serpentinas y fuegos artificiales. La fiesta en su punto máximo tuvo a los jóvenes del CUI  emocionados.

Y aunque la comunidad disfrutaba la fiesta, los alumnos se retiraron para acompañar a Los Gitanos Peregrinos del Tamarugal que cantaban al alba  a las 4 de la mañana.

La multitud era inmensa. Tanto como la fe que mueve a miles de familias chilenas,  sacerdotes y a los jóvenes del CUI a la pampa. Los bailes, rezos y cantos monótonos continuaban durante la noche. Y ya al amanecer recién hubo silencio. Todo en medio de una desierto donde tiemblan los espejismos y antes de que el viento vuelva a ser casi el único signo de vida de este pueblo.